domingo, 29 de junio de 2014

La Robotización Letreada

Paolo Guajardo Fernández
Estudiante de Licenciatura en Educación en Castellano de la
Universidad de Santiago de Chile

Aún no comprendo...

   Leer y no entender nada es un problema ya recurrente en un país con uno de los índices más pobres de comprensión lectora dentro de los países de la OCDE. Si bien Chile cuenta con buenos números de alfabetización, esto no se traduce a la hora de comprender diversos textos escritos, dejando en evidencia la precariedad del sistema educativo en materia de desarrollo de habilidades cognitivas. El SIMCE realizado en el 2013 en el nivel de 8° básico en el área de comprensión lectora, arrojó que un 39,2% los estudiantes alcanzan el nivel de aprendizaje insuficiente, es decir, más de un tercio de la población examinada. Esto nos lleva a concluir que los niños en aquella etapa tienen dificultades al entender lo que leen.

   A pesar de todo, existen esfuerzos para mejorar este ámbito de la comunicación, como por ejemplo los famosos quince minutos de lectura silenciosa que se practica en las escuelas básicas, pero, ¿Serán realmente eficaces frente a una problemática tan compleja y extendida entre los jóvenes e incluso los adultos de este país?, y el triángulo operacional de la educación, ¿Está aportando, cada una de forma independiente, verdaderamente en pos de la evolución y progreso intelectual? En función de aquello, he gestado un análisis de las causas que creo son pertinentes.

   La más importante, jerárquicamente, es la arista del problema que tiene directa relación con las políticas públicas que se han efectuado. Primero, no hemos presenciado un cambio paradigmático que provenga de las autoridades y de la esfera política. Segundo, no hay planes claros y con la fuerza necesaria para atacar el problema de las habilidades cognitivas que ayudan al entendimiento preciso de textos escritos. Por último, tampoco hay cuestionamientos de los mecanismos ya empleados para el avance de la competencia antes mencionada. Todas estas propiedades no ayudan en nada a la superación de la pobreza intelectual, y no se constituyen como esfuerzos vehementes para generar un cambio.

   Continuando el análisis, otra causa del asunto es la escuela como institución pública del conocimiento. La escuela en Chile, dentro de la autonomía que algunas (o muchas) tienen, no lo utilizan en pro del fortalecimientos de los planes y programas que establece el Ministerio de Educación. Sabemos que el currículum no es más que una planificación estandarizada de aprendizajes mínimos esperado, ya que en este sistema político impera la delegación de deberes a entes privados, estos últimos no están realizando los esfuerzos necesarios para combatir esta dificultad, solo basta con revisar algunos los datos estadísticos desde la implementación del sistema de escuela subvencionadas, en donde se demuestra claramente que no existe un alza de los números en relación a la mejora de la educación en general, y de la compresión lectora en específico.

   Dentro de la misma escuela, pero abstrayéndolo, el profesor, como figura ícónica y representativa del proceso de aprendizaje-enseñanza, también es cuestionado. La carencia de didáctica, estrategias y no la adaptabilidad al contexto actual, en referencia a los nuevos estímulos que mueven al mundo, decae en esta lucha contra la ignorancia operativa. Además, ¿Podemos cuestionar su proceso de formación profesional?, teniendo en cuenta que mucha de la responsabilidad del profesor por mejorar la calidad educativa pasa por su consciencia de cambio, buscando la eficacia y excelencia en el mismo como profesional.

   Finalizando, muchos factores atañen a este problema en el modelo educativo chileno. Las consecuencias son claras: dificultad para comprender lo leído. A pesar de que las causas y consecuencias de esta conjetura están nítidas y brillosas, no podemos decir lo mismo de la(s) solución(es). Algunos plantean la idea de una gran solución que responderá en cadena a todas las variantes del problema, otros explicitan la idea de proceder por cada una de ellas. Sin duda, la respuesta a estas incógnitas no se establecerá después de un amplio y largo debate entre los actores de la educación y la sociedad en general.

¿Educamos para leer o para reflexionar?

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